Andaba - o quizás volaba - estando cerca de llorar por esas acuarelas divinas pintadas en los valles andinos, por ese cielo multicolor que me caía todos los días y porque esa bendita sensibilidad llena de melodías las lluvias.Y los ojos juran en este mundo tan extraño: querer más para todos, casi olvidando, lo que nosotros, seres más letrados e inteligentes pensamos: buscar más para mí (si pido para otros, tal vez me vuelva indio, insensible y bruto)
Mis lentos pasos me conducen por ese laberinto de flores, de ichu y puya raimondi.
Me quedo en la mitad de un puente colgante y grito, como si el aire que me faltara no era por la altura, sino esa sensación en el pecho, el estómago y la garganta que merecía ser vociferada. Y mientras recorro este mundo interior de mis ojos, salta por la vena la cascada refrescante de Sipia, quizás Huaynacotas se mete con el aire.
Pero al llegar a ese rostro, cada sensación del corazón se multiplicó por diez. Ya no parecía persona, sino un alma errante de esta trocha; y él, un animal descuidado con el rostro tan desgastado como la dignidad de un pueblo, sus mejillas tan cuarteadas retrataban a ese camino de los andes tan llena de vías escabrosas. Era yo y la mirada de esa pequeña huahua.
No había que hablar.
Respirando la transparente alma del que siempre calla, mientras las notas de una quena huelen a pasado, sigo viendo la soledad disfrazando sus gemidos y olvidando sus ayeres.
Mis caminos son unos y mis pesares los mismos: el que sufre sigue sufriendo bajo el desamparo y el olvido; existiendo en ese mundo de pintura, lo que importa, pienso, son esos momentos en los que fugazmente puedes soñar en ese mundo que si existe pero no existe, porque es tuyo pero se te es arrebatado, porque ya no se te permite creer. Ya eres grande te dicen, es tiempo de despertar, piensas entonces: soñar es peligroso, crees más en este mundo doliente, donde lo bueno puede ser, pero nunca será.
Quizás no hay justicia. Vuelvo a ser esa melodía deprimente (ahora con dulzor a huayno).
Hago poemas y enciendo cigarrillos y coraje, mas no puedo destruir ese muro que tiene algo de sol y de dios, maldigo desde la pluma tanta belleza que parece indiferente a esas animas que habitan los parajes.
Los cerros y los apus me miran con recelo, quizás ya no pueden confiar en los extraños, ya no. Y me voy de esa locura de tierra casi escapando para no volverme ciego por ese dolor ardiente nombrado injusticia.
En mi país, el verdaderamente fuerte es el más sumiso y el más robado, el que cambió las albas y domesticó miles de años una tierra, ahora es eclavo de sus esperanzas vendidas por ese poder del débil de sus deseos - autoridades se llaman - mientras esperando oportunidades, la huahua y su poncho se siguen llenando de llagas.
Todo es cierto y creo que esperamos un verdadero cambio y que sea pronto, ojalá el nuevo gobierno se ponga a trabajar ya
ResponderEliminar"Mientras esperando oportunidades, la huahua y su poncho se siguen llenando de llagas" Es como si se amontonara años de olvido, como si la belleza se durmiera en esos paisajes para no ver lo que allí sucede. Y todos miramos... y no hacemos nada. En la noche negra de los sufrimientos debemos encender estrellas con amor curado ya de la enfermedad de la indiferencia. Y es ese amor que besado del rocío permitirá que la luz del sol nos sonría. Claro está, que esto sólo se logrará si, las autoridades correspondientes, anidan en su corazón un poco de bondad, y se pongan a trabajar, lejos ya de sus propios deseos, puedan buscar soluciones prontas a los flajelos de la pobreza sobre todo en los niños.
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