Se respira neumonía y muerte. Como si el infierno se hubiera posado en cada centímetro de la habitación. Y todo quema. Es tanto el frío que quema.El bebé de la casucha tiene las piernas encogidas y al estirarlas a su posición normal éste llora con la poca energía que aún en su inocente cuerpo retiene. Los nervios ya se habían quedado fijos en esa posición.
Los ángeles desaparecieron y hasta las nubes parecían asesinas.
Era ya medianoche y la posta quedaba a tres horas; el aire congela el cuerpo, los pensamientos y hasta los colores pero la huahua vuela en fiebre. Pobrecito, la única forma de tener calor significa su muerte. Sólo queda la angustia y la decepción.
Ya no eran las ovejas que morían a los pocos días de nacidas o las que nacían ya muertas, tampoco eran las alpacas, era su hijo, su amor hecho carne.
¿Cuántas muertes más debían suceder para que alguien oyera los alaridos de espanto que llenaban la noche? Aún así, la noche se ahogaba en silencio.
Pero no era el frío que llenaba los pulmones lo que causaba las lágrimas, era el maldito desprecio con que miraban las autoridades a los pobladores: "Indios ignorantes y asquerosos", se podía escuchar tras sus palabras bonitas en la campaña electoral. Pero ya nada eso importaba. El hijo se muere lenta y dolorosamente como la flor en invierno, como si la inocencia en el mundo viniese a sufrir, mientras la indiferencia se llena la boca de pan y vive tranquilamente.
Y así, todo el amor que uno siente al ver una bella planta, al estar con tu linda cholita, al contemplar al apu que nos acompaña y escuchar la risa de tu hijo; todo eso se convierte en rabia, toda la hermosura de Jachaña, Caylloma, Tuti, Canocota, y las zonas altas de Castilla y Arequipa, todo esa hermosura se convierte en dolor, ver morir a tu hijo es un acto contranatura. El Perú, este país con tanta riqueza y tanta desigualdad, es una acto contranatura.
Los deseos, los ríos congelados, los pastizales deshechos, todo es ira. Fabulo con mi cuerpo este drama sin sentido. La carne se une al camino para caer en la cuenta que siendo mi pueblo luz, éste está dentro de las tinieblas. Dios no nos mira y me pregunto si sus ojos se incendiaron y cuartearon como la piel quemada del hijo.
Finalmente llegó la mañana pero no volvieron los colores. Debía contar los muertos: 10 ovejas, 3 alpacas y un hijo. El friaje del corazón de las autoridades mataba más que el friaje del invierno.
La muerte fatigaba los ojos y el ambiente, mientras los corazones se deshojaban, no haber podido darle más leche hacía a su madre sentirse más culpable. Pero, ¿qué hacer cuando ella también no comía?
La casa de barro y piedras con techo de paja hoy se hacía más gris de lo normal. De pronto alguien toca la puerta. Como si fuera una cachetada al recuerdo del hijo, aparece una enfermera queriendo saber si hay enfermos para ayudar. Que importaba la ayuda ya, Perú era Perú, una hermosa patria a la cual odiar.
Y cómo no odiar si el pobre hijo quedaría encerrado en una estadística más, para su país no era más que un número. Mientras de nuevo el viento helado silbaba como llamando a más muertos. Y los muertos se hacían parte del paisaje.
Lagrimando la poca hermosura conservada, espera silenciosa, casi cediendo todo, a la llegada de la primavera.
El asesino sigue jugando con las carnes de los pobladores quiénes tienen los pómulos agrietados como trazando un camino hacia la muerte, sus manos resecas buscan calor, calor que nunca llega.
El reino de gusanos hediondos y buitres hacen festival de la negruzca sombra que se apodera del pueblo. La luz agotada no hace más que bailar en otros lugares. Los padres no hacen más que seguir lamentándose. Los hijos no hacen más que seguir muriéndose. Las autoridades no hacen más que seguir estando indiferentes. El invierno no hace más que crecer. Las grietas no hacen más que seguir creciendo. Las noches no hacen más que seguir devorando. Los silencios no hacen más que darle un aspecto lúgubre. Los pastizales no hacen más que seguir quemándose, Los ríos no hacen más que seguir congelándose. El Perú no hace más que crecer pero sólo para los más ricos. Y de nuevo los hijos no hacen más que seguir muriéndose.
¿Cuántas muertes más debían suceder para que alguien oyera los alaridos de espanto que llenaban la noche? Aún así, la noche se ahogaba en silencio.
Pero no era el frío que llenaba los pulmones lo que causaba las lágrimas, era el maldito desprecio con que miraban las autoridades a los pobladores: "Indios ignorantes y asquerosos", se podía escuchar tras sus palabras bonitas en la campaña electoral. Pero ya nada eso importaba. El hijo se muere lenta y dolorosamente como la flor en invierno, como si la inocencia en el mundo viniese a sufrir, mientras la indiferencia se llena la boca de pan y vive tranquilamente.
Y así, todo el amor que uno siente al ver una bella planta, al estar con tu linda cholita, al contemplar al apu que nos acompaña y escuchar la risa de tu hijo; todo eso se convierte en rabia, toda la hermosura de Jachaña, Caylloma, Tuti, Canocota, y las zonas altas de Castilla y Arequipa, todo esa hermosura se convierte en dolor, ver morir a tu hijo es un acto contranatura. El Perú, este país con tanta riqueza y tanta desigualdad, es una acto contranatura.
Los deseos, los ríos congelados, los pastizales deshechos, todo es ira. Fabulo con mi cuerpo este drama sin sentido. La carne se une al camino para caer en la cuenta que siendo mi pueblo luz, éste está dentro de las tinieblas. Dios no nos mira y me pregunto si sus ojos se incendiaron y cuartearon como la piel quemada del hijo.
Finalmente llegó la mañana pero no volvieron los colores. Debía contar los muertos: 10 ovejas, 3 alpacas y un hijo. El friaje del corazón de las autoridades mataba más que el friaje del invierno.
La muerte fatigaba los ojos y el ambiente, mientras los corazones se deshojaban, no haber podido darle más leche hacía a su madre sentirse más culpable. Pero, ¿qué hacer cuando ella también no comía?
La casa de barro y piedras con techo de paja hoy se hacía más gris de lo normal. De pronto alguien toca la puerta. Como si fuera una cachetada al recuerdo del hijo, aparece una enfermera queriendo saber si hay enfermos para ayudar. Que importaba la ayuda ya, Perú era Perú, una hermosa patria a la cual odiar.
Y cómo no odiar si el pobre hijo quedaría encerrado en una estadística más, para su país no era más que un número. Mientras de nuevo el viento helado silbaba como llamando a más muertos. Y los muertos se hacían parte del paisaje.
Lagrimando la poca hermosura conservada, espera silenciosa, casi cediendo todo, a la llegada de la primavera.
El asesino sigue jugando con las carnes de los pobladores quiénes tienen los pómulos agrietados como trazando un camino hacia la muerte, sus manos resecas buscan calor, calor que nunca llega.
El reino de gusanos hediondos y buitres hacen festival de la negruzca sombra que se apodera del pueblo. La luz agotada no hace más que bailar en otros lugares. Los padres no hacen más que seguir lamentándose. Los hijos no hacen más que seguir muriéndose. Las autoridades no hacen más que seguir estando indiferentes. El invierno no hace más que crecer. Las grietas no hacen más que seguir creciendo. Las noches no hacen más que seguir devorando. Los silencios no hacen más que darle un aspecto lúgubre. Los pastizales no hacen más que seguir quemándose, Los ríos no hacen más que seguir congelándose. El Perú no hace más que crecer pero sólo para los más ricos. Y de nuevo los hijos no hacen más que seguir muriéndose.
La claridad del narrador al momento de exponer la cruda realidad de quienes, ante nuestra indiferencia, padecen del olvido de un país que sobre entendemos, está creciendo económicamente y a su vez, promete un futuro mejor para (debería ser así) todos los peruanos, no hace sino revelar la demagogia de líderes comprados, que tras un discurso traicionado, se desentienden de las necesidades básicas expuestas en el periplo del Escritor, quiene denuncia desde la carencia de necesidades básicas como salud, economía y posibilidades de desarrollo, desde una postura netamente buscadora de la identidad nacional, y el respeto a la integridad de quienes también siendo peruanos, tienen derecho a conocer de los beneficios de la postmodernidad.
ResponderEliminarAl menos así entiendo la voz del Escritor, quien no solo parece asumir el compromiso con la literatura desde este ángulo, sino además, convertirse a través de sus escritos en un referente que otorgue la vindicación de los derechos humanos de quienes, siendo nuestros hermanos, desde el dolor hasta el olvido, son víctimas de nuestra indiferencia, que acaso nos recuerda Vladimir, desde sus escritos.